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¿Por qué corregir es tan difícil (y por qué deberíamos "fallar mejor")?


Para cualquier persona que se dedique a escribir, la experiencia es recurrente y casi universal: terminar un texto —sea un guion, una novela o un libro de relatos— y sentir un temblor de pereza y terror ante la idea de volver a abrirlo para corregirlo. Es un clásico en las tutorías y clínicas de escritura: el esfuerzo titánico que se intuye que exigirá tocar una sola coma es, paradójicamente, mil veces más atormentado que el trabajo de escribir el texto original.


El Calvario de la Corrección: ¿Por qué nos aterra?


Alan Pauls, en su conferencia "Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor", explora profundamente esta aversión. El miedo a corregir tiene dos raíces principales, ambas ligadas al tiempo:

  • El futuro desconocido: Nos aterra porque es algo que aún no ha sucedido, que nos espera como "un paño de vida amplio y desconocido".

  • El pasado inmutable y nuestros "vicios": Odiamos corregir lo que ya escribimos porque nos confronta con nuestras propias debilidades: vicios, comodidades, pereza y las "coartadas grotescas" que nos dimos para justificarlas. Lo más aterrador es la posibilidad de descubrir que "lo que hicimos no funciona, no hechiza a nadie, no servirá".


Este dilema nos lleva al "Momento Sísifo": la idea de tener que hacerlo todo otra vez. Pero, como señala Pauls, es peor que eso. Hacerlo todo de nuevo implicaría la frescura de un nuevo comienzo, con esperanza y entusiasmo. La locura de corregir es precisamente lo opuesto: "seguir haciendo lo mismo, darle vueltas a lo hecho, retocar, cambiar, ajustar, mejorar lo que ya está". Y, si algo parece inmutable, es el pasado.


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La Paradoja de lo "Imposible"


Paradójicamente, corregir textos provisionales como sinopsis o proyectos es fácil y placentero. Es "desahogado corregir el futuro". Sin embargo, cuando se trata del texto "terminado", la situación es "imposible".

Se nos presenta una situación inmanejable:

  • Miedo a la tarea que se avecina.

  • Resistencia a desechar el trabajo ya hecho.

  • La convicción de que el pasado no puede cambiarse.

Pero la lección crucial, y quizás el único alivio, es que "nada hace posible tantas cosas nuevas como una situación imposible". La corrección, al igual que la traducción, es una exigencia que persiste a pesar de su aparente imposibilidad.


Corrección: ¿Castigo o Continuación Creativa?


La industria de la escritura ha institucionalizado la corrección como una "pena cumplida", evidenciada en los números de versión de los guiones. Se consigna la versión como una prueba del "monto de trabajo invertido" o como un "¡Basta, hasta aquí llegué, no puedo corregir más!".

Tradicionalmente, corregir se ve como:

  • Un acto de escrúpulo artístico.

  • Un esfuerzo por complacer a destinatarios (editores, la industria, el mercado).

  • Un trabajo forzado, entre la condena y la expiación.

Pero Pauls nos invita a un cambio de perspectiva: ¿Cómo podemos dejar de ver la corrección como una penalidad y empezar a concebirla como "una fuerza, una posibilidad, una potencia tan creativa, tan de invención e imaginación como cualquiera de las fuerzas que se ponen en juego en el momento de escribir?".


Los Maestros del "Fallo": Proust, Joyce y otros "síntomas"


Grandes autores han demostrado que la corrección puede ser un arte en sí mismo. La clave, según Pauls, es "desculpabilizar la corrección". No corrigen porque se equivocaron, sino porque "no pueden parar de escribir, punto". La corrección, entonces, se convierte en "su continuación por otros medios".

  • Marcel Proust: Conocido por sus "paperol" —parches de papel desprolijos pegados sobre los cuadernos para añadir nuevas ideas—, corregía de forma tan obsesiva que casi ocultaba el material original y amenazaba la integridad del texto. Para él, corregir era un arte riguroso.

  • James Joyce: Otro "acumulador compulsivo", para quien corregir era casi más sublime que escribir y una tarea infinita. Añadía notas, pasaba en limpio borradores, y luego seguía "engordando" las copias y galeras, posponiendo el punto final durante semanas. Se describía a sí mismo como "un hombre de tijeras y pegamento".


Estos autores no buscaban rectificar errores o alcanzar un ideal de belleza. Su corrección era un goce insidioso, una "perdición" que los llevaba a "tropezar con la misma piedra" una y otra vez, el "fallar" del que habla Beckett. Este "error" repetitivo no es cualquiera: "Es nuestro error, tiene la forma y la consistencia y el sabor y la temperatura y el ritmo de nuestro deseo, nuestra imaginación, nuestras alucinaciones".


El "Síntoma" como Camino Creativo

Pauls establece una poderosa analogía entre nuestros "errores" en la escritura y un síntoma. Al igual que con un síntoma (insomnio, alergias), podemos adoptar dos "políticas":

  1. Expeditiva: Eliminarlo, como un médico que receta antihistamínicos. Esto puede resolver el problema inmediato, pero la vida se vuelve "insípida y tiene menos sentido".

  2. Perversa (o creativa): Seguir al síntoma, pensarlo como una "huella digital", un signo que nos dice algo muy particular de nuestra relación con el mundo. En escritura, esto significa que "queremos escribir, no curarnos, y escribir es seguir el rastro de nuestros síntomas". Es "abrazar la piedra con la que tropezamos" y gozar de ella.


De Déficit a Arsenal de Perversiones

Lamentos comunes como "No sé hacer dialogar a los personajes", "Siempre escribo sobre los mismos temas" o "No cuento, explico", son presentados por los manuales de guion como déficits. Pero Pauls nos propone leerlos al revés: no como un inventario de fallas, sino como la descripción de un "arsenal de perversiones". Es precisamente esa "piedra con la que no dejaban de tropezar" lo que permitió a Proust, Joyce y Beckett hacer algo imprevisto y único con la literatura.


No hay Soluciones: Solo Profundizar el Problema

El autor es tajante: "no hay soluciones. Ningún problema verdadero tiene solución, por eso precisamente es un problema". La única "solución" es "profundizar el problema, desplegarlo como un mapa, porque es eso un problema: el mapa de una cierta manera de hacer algo con un lenguaje".

  • Proust: Su "problema" era ser "pesado, asmático, frívolo", que se perdía en detalles irrelevantes y retrasaba la acción.

  • Joyce: Su "problema" era ser "enciclopédico, ilegible", queriendo inventar una lengua única.

  • Beckett: Su "problema" era ser "tartamudo, inmóvil", que se hundía y escribía hacia el silencio.

Estos "problemas" no son debilidades a erradicar, sino "lo más propio y lo más precioso que tenían". Lo que nos hace originales son precisamente los problemas que tenemos.

Otros Ejemplos de "Fallo Mejor": Aira y Knausgård

Algunos autores contemporáneos han adoptado la estrategia inversa: no corrigen.

  • César Aira: Famoso por no corregir, sus detractores señalaban su "laxitud de estilo" y "arbitrariedad". Sus personajes hablaban como filósofos sin importar su origen, y los desenlaces de sus novelas eran "disparatados e inverosímiles". Aira no se defendía, sino que reconocía estos "errores" como "conductas fatales, compulsiones sin alternativa", inherentes a su forma de escribir. Su "piedra" eran sus errores, y su goce era tropezar con ella. Para Aira, "¿Para qué voy a corregir? Sigo escribiendo. La novela que viene corregirá la que pasó, y así sucesivamente, o no". Publicar mucho es su manera de no parar de escribir, así como Proust y Joyce no paraban de corregir para seguir escribiendo.

  • Karl Ove Knausgård: Autor de "Mi lucha", un libro de seis tomos que atrajo críticas similares a las de Aira: "descuido, indolencia, desequilibrio, falta de unidad de estilo". Knausgård, a diferencia de Aira, se justifica en el propio título de su libro: su obra es el calvario de un escritor al que todo parece impedirle escribir. Su abstinencia de corrección es parte de su "lucha" y se convierte en un "principio poético". Aunque su estilo "desfallece" y hay páginas de más, esto no es negligencia, sino el motor de una "larga duración" que vuelve irrelevantes nociones como homogeneidad o dominio del material. La experiencia de leerlo es adictiva, trascendiendo las preguntas convencionales sobre calidad o género.


La Exhortación Final: Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor.

La corrección, entonces, no es un castigo, sino la continuación de un acto creativo. Es abrazar nuestras singularidades, nuestras "piedras", nuestros "síntomas". Como artistas que se niegan a ser esclavos de las normas, debemos cumplir con la exhortación que Alan Pauls rescata de Samuel Beckett, santo y seña de una poética liberadora:


FUENTE: "Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor".

Conferencia dictada en la Casa de América de Madrid, el viernes 8 de noviembre de 2019.

 
 
 

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